Por lo que había sucedido antes, temió que la primera ronda de canciones del festival de música Cuyabrito de Oro, fuera suspendida.

Horas antes, la tertulia literaria de Comfenalco transcurría animada por el tono semi morboso o erótico, que tomaban los comentarios sobre los mini-cuentos leídos. Los hombres, dispuestos a provocar el sonrojo de las compañeras, atizaban el fuego ante los pocos aportes de las damas, que optaron por callar y sonreír.

La tarea consistía en titular, añadir trozos, al principio al medio o al final, en los cuales se barajaban múltiples posibilidades de intertextualidad.

La costumbre de compartir en los intermedios, golosinas, tinto y charla ajena al propósito de la tertulia, encontró otro motivo.

Sonó un estornudo semejante a un estampido. Los dedos dejaron de hurgar en los paquetes que pasaban de mano en mano, y las miradas se concentraron en el hombre con mayor edad del grupo.

Cercano a los ochenta años, sentado, con gorra de aficionado taurino, apoyadas las manos delgadas en el bastón que una vez fuera lustroso, mostraba en los brazos las pecas propias de los adultos mayores.

El grupo quedó en suspenso; en fracciones de segundo observó la gorra estremecida y a punto de caer, las manos y brazos rígidos extendidos hacia el bastón, el cruce de piernas elegante, el rostro enrojecido, los ojos desorbitados, y fue sobre todo, el aire imperturbable asumido, el disparador de carcajadas que el hombre del estornudo, parecía no escuchar.

Dos horas más tarde, concluida la tertulia, entre las butacas del Centro de convenciones de Armenia, en donde daría inicio el Concurso de música El Cuyabrito de oro, caminaba despacio el dueño del estornudo. Se podía pensar que buscaba a un amigo en medio de la concurrencia.

En la tarima, los encargados hacían los últimos ajustes a los cables y micrófonos del escenario; el maestro homenajeado, Leonardo Laverde Pulido y acompañantes ocupaban sillas atrás de la mesa que ocuparían los miembros del jurado; los camarógrafos de televisión y los periodistas probaban el funcionamiento de los auriculares y micrófonos, y los técnicos de audiovisuales ensayaban imágenes en las pantallas, ubicadas en las paredes laterales del auditorio.

El hombre del estornudo lucía cansado; se detuvo justo frente a la silla del maestro, y apoyando su mano izquierda en la parte trasera de la cintura, no se daba cuenta de que el maestro Laverde, girando a lado y lado la cabeza, intentaba disfrutar del grupo de la Academia Luis A. Calvo, que daba entrada al espectáculo principal.

Largos minutos duró el cabeceo del maestro; sus acompañantes miraban sin saber qué hacer o decir al dueño del estornudo.

Lento, sin cambiar la posición de la mano izquierda, el dueño del estornudo, tal vez ignorando que estaban asignadas, por fin se encaminó a la primera de las sillas vacías, destinadas a los miembros del jurado.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *