Miles y miles de soviéticos confinados en Kolymá, el campo de concentración más infame del dictador soviético, murieron forzados a construir 2025 km en plena Siberia

 

Es una autopista de 2.025 kilómetros en la región más helada, más inhóspita de Rusia. Cada 20 kilómetros hay un letrero a un costado de ella. El letrero tiene un número. Cada letrero es una marca que anuncia la presencia de una fosa común. En cada fosa común pueden estar enterrados 2.000 hombres. Fueron los hombres que la construyeron entre 1932 y 1956. Eran trabajadores de Kolymá, la cárcel más infame que creó Stalin. Allí no iban propiamente asesinos, ladrones o corruptos.

 

Fellia era un niño de 12 años. Vivía con su mamá en el campo. En invierno el hambre los acosaba. Tenían sólo una oveja. Su mamá estaba tullida, caerse de un árbol la había paralizado de la cintura para abajo. A Fellia no le quedó de otra que matar la oveja y comer de ella. Lo condenaron a veinte años de trabajos forzados por haber sacrificado un animal sin el permiso del estado. Fellia murió a los dos meses de ingresar al campo de reclusión. En esa época se podía ir condenado a Kolymá por llegar una hora tarde al trabajo, por robar una botella de leche o hacer un chiste contra el partido comunista. Todas las anteriores eran actividades antirrevolucionarias enmarcadas en el artículo 58 del código soviético.

 
 

El escorbuto era el peor enemigo de los presos en Kolyma

 

Hoy en día la carretera funciona. Son 2.000 kilómetros que llegan a Yatusk, la capital más fría del planeta. Cuando funcionaba el Gulag le decían el infierno ártico, el campo de concetración helado, la máquina de picar carne humana más infame creada por el hombre. En invierno nada te calentaba. Eran 50, 60 grados bajo cero. Los escupitajos se quedaban congelados en el aire. En recuerdo de la gente que era enviada a ese lugar a morir no hay nada, tan sólo los números donde estaban marcadas las fosas comunes. Nadie sabe cuantos murieron, sólo se sabe que fueron cientos de miles.

Trabajadores construyendo la carretera entre el hielo de Siberia

Una de las supervivientes del horror es la ucraniana Stefanija Dubovnik, tiene 87 años y llegó a ese lugar a los 18, un tribunal la condenó por actividades anisoviéticas por haber escrito algo encima de una foto de Stalin que había salido en el periódico. Le dieron diez años. Aunque han pasado 70 años desde ese momento aún tiene pesadillas con los cuerpos cadavéricos de los trabajadores, los estómagos hinchados por el hambre, el agotamiento después de 16 horas cavando huecos en una tierra congelada. Lo peor es que ella aún cree que Stalin fue un gran gobernante.

Aún salen a flote los huesos, único vestigio de lo que pasó

La gran mayoría de los presos de Kolymá creen que Stalin fue el hombre más sabio y bueno que dio la Unión Soviética. La culpa fue de ellos por tener hambre, por llegar tarde, por no entender los beneficios de haber nacido en la tierra del gran Josef. En Yakutsk, donde termina la carretera, Putin mandó a erigir un busto de Stalin. Durante mucho tiempo los sobrevivientes de ese lugar en donde se recibía una sopa aguada al día y un mendrugo de pan eran vistos en Rusia como escoria humana, como verdaderos delincuentes. A diferencia de los campos de concentración nazi no se sabe mucho sobre el horror soviético. No se sabe de los poetas que cayeron allí, de los pintores. Lo único que queda son los escalofriantes relatos de Varlam Shalamov, un escritor que plasmó el horror en un puñado de cuentos. No hay estatuas, no hay un monumento, no hay nada. Solo unas tristes fotos y un rumor que lo ha congelado el viento de la inhóspita Rusia del Este.

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