A punto de cumplir 70 años, el polémico comentarista se retira para dedicarse a sus nietas y al golf. Espera que contra Inglaterra no sea su fin con la Selección

Entonces llegó un momento, después de los 65 años, en donde la vida no sólo era el fútbol. Iván Mejía está lejos de ser el tipo duro que encarnó durante dos décadas en El pulso de Caracol. La edad es esa cueva en donde nos encontramos todos. A los 20 quería cambiar el mundo a punta de rock and roll. Iván fue uno de los cientos de jóvenes que asistieron a Ancon, el Woodstock criollo. Allí honró a bandas que él ni siquiera recuerda como Genesis. En ese final de la convulsionada década del sesenta, Iván ignoraba lo que le depararía la vida: una estancia prolongada en Barcelona en donde la magia de Cruyff lo embelesaría y le quitaría ese apasionamiento por la escritura que le había despertado la obra de Gabriel García Márquez. Si no podía jugar del fútbol al menos iba a vivir de él. Uno tiene que ser consecuente con los demonios. Ahora, frente a la puerta de los 70 años, busca refugiarse en una cancha de golf y le seduce más la plácida quietud de una casa frente al mar, arrullado por sus nietas, que el fragor de una sala de prensa durante una copa del mundo.

No había cumplido treinta años cuando lo vemos en su primer mundial Buenos Aires, junio de 1978. La dictadura de Videla deja más de 3.000 desaparecidos. Los porteños se resignan a que lugares como la ESMA, a un kilómetro del Estadio de River, lugar donde se inaugura la Copa del Mundo, existan centros de tortura para acallar a homosexuales, a comunistas, a estudiantes que no se resignan a vivir bajo los preceptos de una junta militar. Iván Mejía, con una máquina de escribir al hombro, se aloja en una pensión barata muy cerca al Centro de Prensa, en Corrientes y Nueve de julio. Cada mañana se despertaba en el frío invierno porteño y veía el obelisco, símbolo de la ciudad. Allí se reunían cientos de miles de argentinos cada vez que la selección ganaba. El Mndial le dio colores a la gris moles de cemento en la que se había convertido Buenos Aires de la mano de los militares. Fue su primer mundial. En esa pensión barata conoce a otro periodista de 34 años quien ya era una leyenda en Colombia, Hernán Peláez Restrepo . La amistad surgió de inmediato. Fue un mundial extraño para Mejía. Viajaba acreditado por Todelar, su primera emisora, quien no tenía derechos de transmisión.

 
 

Con Hernán se volverían a encontrar no tanto en salas de redacción o en las calles bogotanas sino en las salas de redacción de cada uno de los mundiales a los que asistieron. En España 1982 todo fue una fiesta. Colombia no había ido a ese mundial. Fueron 28 años sin que la Selección asistiera. Entonces adoptaron al Brasil de Telé Santana. Para Iván fue el último gran equipo que vio en un mundial de fútbol. Zico y Sócrates comandaban una banda que asumió el Jogo Bonito como si fuera una religión. Ahí vio el que considera el mejor partido en toda la historia de los mundiales, el Italia 3-Brasil 2, una derrota que muchos periodistas locales asumirían como propia.

 

Tuvo que esperar cuatro mundiales hasta que en el de Italia 90 acompañó a una selección Colombia. Con orgullo constató como técnicos de renombre como Arrigo Sachi copiaban el módulo táctico de Francisco Maturana para sus equipos. La derrota contra Camerún en octavos de final dolió. Nadie se la esperaba. Después del gran partido contra Alemania, el inolvidable 1-1 con gol de Freddy Rincón, vendría la desilusión con embarrada incluida de Rene Higuita.

Cuatro años después Iván Mejía vivió su peor momento. Colombia partía como favorita para ganar el trofeo después de clasificarse ganándole a Argentina 5-0 en el estadio de River. Después de la eliminación contra Estados Unidos Mejía tuvo un altercado con el entonces asistente de Maturana, Hernán Darío Gómez. Cuatro años después sería centro de una polémica en Francia cuando en Lyon se trenzó en una disputa bastante subida de tono con su archirrival Carlos Antonio Vélez.

Nueve mundiales después Iván ha dicho basta. Está feliz en Moscú. Ya no sufre tanto por la  comida como sucedió en Surafrica. Está feliz con la logística que montó Caracol, un hotel cercano al IBC donde emiten los programas para su nueva casa, Win Sports. Cada vez que puede se va con su esposa Maria Isabel a un restaurante en Moscú o caminar por los inmensos centros comerciales. Cree que la capital de Rusia “Es un destino turístico sensacional” Hoy espera que contra Inglaterra no sea su último partido en un Mundial narrándole a Colombia. En el fondo está convencido que el equipo no lo va a decepcionar.

fuente: las2orillas

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