Así sería el primer transplante completo de cabeza

 

No es una cirugía cualquiera. La médula espinal es un largo y delgado tubo con cientos de nervios que conectan casi todo el cuerpo con el cerebro. Al cercenarse, estas conexiones lucen como una manotada de espaguetis. Este cirujano reconectará las de un paciente cuadripléjico a las del cuerpo de un donante con muerte cerebral.

El paciente permanecerá en coma durante un mes para evitar cualquier movimiento y facilitar que los cables de la médula espinal se conecten. Al despertar, Canavero predice que el paciente podrá moverse y sentir su cara, así como hablar con el mismo tono de voz.

Aunque en sus tiempos de estudiante de medicina aprendió que no había cómo regenerar las conexiones en una médula dorsal estropeada, el experto encontró una solución que podría cambiar ese dogma: el polietileno glicol (PEG). Este tiene la habilidad de unir las fibras cercenadas alentando a la grasa de las células circundantes a conectarse entre sí. Canavero, que se retiró de la Universidad de Turín en 2015, lo compara con una brigada de bomberos que pasan baldes de agua cuando la manguera principal se rompe.

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La cirugía, que se realizaría en China, tomaría 36 horas y se dividiría en dos fases: primero, inducir a un coma al paciente para poder someter su cuerpo a una hipotermia (-15 grados centígrados) para hacer más lenta la muerte de tejidos. También se requeriría llevar al organismo a un paro cardiaco total . Luego, habría que hacer un corte tan limpio que implique el mínimo daño a la médula, por debajo de la tráquea y las cuerdas vocales. Después, iniciaría el proceso de fusión con los químicos que aceleren la reconexión de las neuronas cercenadas.

Esta es, sin duda, la parte más crítica. El cirujano tendrá que estabilizar las vértebras cervicales con unas láminas de titanio e inmediatamente reconectar las arterias carótidas y la vena yugular derecha para restablecer la circulación de la sangre al cerebro. En este punto, el tiempo es crucial porque el cerebro a bajas temperaturas solo logra sobrevivir una hora sin oxígeno. Una vez hecho esto, el experto tiene previsto inundar el área con polietileno glicol, la sustancia que promueve el crecimiento de las neuronas, y aplicar inyecciones constantes con esta sustancia para facilitar el proceso. Una serie de electrodos implantados ayudarían a fortalecer esas conexiones. Luego, deberá suturar otros órganos, músculos y, finalmente, la piel.

El paciente permanecerá en coma durante un mes para evitar cualquier movimiento y facilitar que los cables de la médula espinal se conecten. Al despertar, Canavero predice que el paciente podrá moverse y sentir su cara, así como hablar con el mismo tono de voz. Con ayuda de fisioterapia, podría caminar en un año con su nuevo cuerpo (ver recuadro).

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Para prepararse, Canavero ha hecho experimentos en cadáveres, micos y ratones. En un artículo publicado en 2016, C-Yoon Kim de la Universidad de Konkuk, Corea del Sur, y quien hace parte de su grupo de expertos, aseguró que cinco de ocho ratones cuya médula espinal fue cortada y tratada con PEG recuperaron el movimiento después de cuatro semanas. Xiaoping Ren, de la Universidad Harbin de China, quien trabajó en el primer trasplante de mano en 1999 y ahora es la mano derecha del médico italiano, realizó un experimento similar en el que cinco de nueve ratones recuperaron el movimiento, y dos de ellos a un nivel normal. Ren y Canavero publicaron un trabajo en la revista científica Surgery en la que reportaron un trasplante de cabeza en un mono. El procedimiento, sin embargo, consistió en conectar la cabeza, pero no la médula espinal.

Canavero cree que esta técnica no solo ayudaría a las personas que no pueden caminar, sino a quienes quieren volverse inmortales, en cuyo caso solo tendrían que cambiar su viejo cuerpo por el de un joven. Pero la motivación más profunda del neurocirujano es poder demostrar, como él cree, que la conciencia existe aparte del cerebro y que este es solo un amplificador de ella.

La mayoría de las críticas parten de la falta de evidencia científica, pues los estudios presentados no resuelven todas las dudas de la compleja técnica que Canavero propone. Arthur Caplan, reconocido bioeticista de la Universidad de Nueva York, dice que se interesará en el tema cuando el científico italiano publique sus estudios en revistas científicas serias. “Mientras tanto, pienso que todo es basura”, dice.

Aparte de cómo reconectará todos los tejidos, las preguntas giran alrededor de si el sistema inmune aceptará el tejido extraño, un interrogante que Canavero resuelve diciendo que en el mundo hay suficientes drogas que disminuyen la posibilidad de que haya rechazo. Otros dudan de si el uso de PEG sea suficiente para pegar los tejidos cercenados. Canavero tiene un plan B en caso de que esa sustancia no funcione y consiste en inyectar en la zona células madre o células olfatorias envainadas, las mismas que conectan el tejido que recubre la nariz con el cerebro.

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Aunque con este procedimiento Canavero piensa brindarles una oportunidad a los cuadripléjicos, Jerry Silver, profesor de neurociencia en la Universidad de Case Western Reserve, considera que el paciente sufriría más con el procedimiento que con su discapacidad. Solo hay que pensar que la operación mutilaría músculos, huesos y nervios. “¿Puede imaginar el dolor de todo eso? Esa es la peor parte de la operación. La cabeza despertará con mucho sufrimiento”, dice.

Además de todo lo anterior, están los cuestionamientos filosóficos. Teniendo en cuenta que el cuerpo es casi el 80 por ciento de un individuo, los expertos en ética se preguntan quién será ese híbrido que resulte del trasplante y cómo el nuevo cuerpo modificará la forma de pensar de la cabeza. Estas consideraciones se tienen en cuenta hoy cuando se sabe que existe un sistema nervioso en el intestino, descrito muchas veces como el segundo cerebro, que produce el 95 por ciento de la serotonina del cuerpo. Así las cosas, Paul Root Wolpe, profesor de bioética de la Universidad de Emory, se pregunta “¿quién es legalmente esa persona: es el dueño del cuerpo o es el de la cabeza?”.

Pero otros están entusiasmados con el proyecto. Uno de ellos es Michael Sarr, editor de la revista Surgery y cirujano de la Clínica Mayo en Rochester, Minnesota. Aunque no apoya el trasplante en sí, señala que podría abrir una nueva ciencia de la reconstrucción de la médula espinal luego de un trauma. Robert Matthews, quien hace parte del consejo directivo de la Sociedad Americana de Cirujanos Neurológicos y Ortopédicos, está de acuerdo con el concepto de fusión medular, pues cree que hay muchas áreas en las que un trasplante de cabeza podría usarse. En lo único que no concuerda es con el tiempo. “Él cree estar listo, yo pienso que este hito solo será posible en el futuro”. Con cirugía láser, microcirugía y 80 expertos que lo secundan, Canavero cree que este trasplante tiene más probabilidades de éxito que mandar a un hombre al espacio.

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